miércoles, 1 de abril de 2009

The answer, my friend...

Cuando era muy, muy pequeño, mi hermano, que para mi era toda una referencia a seguir, tocaba con la guitarra esa maravillosa canción de Bob Dylan. Mientras mi perro dormía en un rincón del salón de mi casa del pueblo, mi madre me preparaba una gran merienda con un "bollo de viena" rellenado con caballa con tomate frito. Luego ella, mi gran dama, planchaba en la mesa del salón en una tarde de abril...

El olor a la plancha, y la música a guitarra acústica recién comprada tocada por mi hermano. Detenerse en esos momentos en los cuales parece revoloteasen hadas... son, desde esta perspectiva que el tiempo te da, un aroma y un sonido cercano a los que muchos pueden intentar definir como felicidad.

La calma. La tranquilidad del hogar, la seguridad de esos momentos, la mente libre y el cerebro calmado. Y sobre todo, la ilusión y los sueños.

Soñaba volar por aquel entonces, y me sentía, como todos han sentido alguna vez, que mi existencia tenía motivos ancestrales.

La tele estaba apagada, porque por aquel entonces ni la primera cadena (TVE1 en aquel instante) no emitía 24 horas.

En aquel entorno, poco importaban las humillaciones que los gorditos con gafas sufríamos en el colegio. Ya sabéis, la santa sinceridad y la cruel verdad de la que pecan los infantes.

La psicología familiar no existía, simplemente se estaba en familia. Y cuando hacías algo mal, la zapatilla de tu madre era la respuesta. Dolía más la palmada en la espalda de un padre que a veces venía embriagado de un trabajo que trataba de vender licores durante toda la semana, y al que yo veía venir los viernes tras pararse con sus compañeros a tomar unas "muchas" cervezas. Venía los viernes, se iba los lunes de madrugada... ya sí una semana tras otra. Aun así, esas "palmadas" de fuerza incontrolada no dolían en comparación con las "bonitas" palabras que, para 3 días que estaba, dedicaba a tu santa madre.

Mi hermana adolescente no quería saber nada de su hermano tan pequeño. En la adolescencia te estorba todo. Y aunque cuando hablamos actualmente, hablamos de sus problemas, es la parte de la familia a la que, sin ser perfecta, me hace ilusión escuchar.

Mi hermano, que para mi era casi un dios, el tiempo se encargó de hacerme ver que era simplemente mi hermano. Con sus pequeñas virtudes, y sus enormes defectos que, sin ser él consciente, me enseñó el estrés, la ira, el miedo a saltar a los negocios, y, junto a mi padre, entender que las familias no tenían porqué ser como las de Laura Ingalls.

Por contra, en ese escenario, empecé a forjar el fervor por la amistad que entonces no disfrutada, y a soñar... soñar una vida que creía no tener. Quizá fue el primer grano de arena que me mostraba a un vampiro romántico.

Y ahora sé que es triste haber llorado menos que haber tenido, los que ahora considero, momentos de irritación temprana y continuada.

Yo que he amado casi siempre con obsesión, que he pecado por amor, que he mentido por temor... yo que he pensado siempre hacer tanto y que he hecho tan poco... aquí estoy... tras 37 años de vida, buscando nuevamente las hadas. Esas que dependen de mi, pues depende de mi buscar bien.

Qué difícil es a veces dar un paso hacia adelante. Demasiadas veces son ya las que me lamento por no obtener recompensa de mi esfuerzo.

La respuesta, ya lo decía Bob, siempre está en el viento. Son muchas las veces que debería de haber alzado mis velas y dejarme llevar por él. Pero soy un vampiro romántico, soy un humano.

Me equivoco.






Alan-h
El último Vr

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